El valor de una sentencia

No fue ETA. Pero eso no importa tanto por sí mismo como por lo que tiene de negación de la famosa teoría del PP.

El Egipcio es absuelto. Pero no significa necesariamente que no se le considere autor intelectual de los atentados, sino simplemente que el tribunal entiende que al haber sido condenado en Italia por pertenencia a banda armada, no se le puede juzgar en España por la misma causa.

No se otorga a la política bélica de Aznar la categoría de desencadenante de los atentados, sino que se considera que éstos fueron motivados por el deseo de atacar a la civilización cristiana y occidental.

Como se puede ver, luces y sombras. El PSOE, los fiscales y los abogados de la acusación particular insisten no sólo en que la instrucción, el juicio y la sentencia han sido modélicos por su magnífico y rápido funcionamiento, sino en que la sentencia en sí misma es un modelo por lo que se ajusta a la filosofía garantista del sistema judicial español. La derecha en pleno, la política, la mediática y la sociológica, no dicen lo contrario abiertamente, pero se agarran a cuantos clavos ardiendo divisan para sostenella y no enmendalla.

Es decir, nada nuevo.

Y esa es la medida que nos debería importar de las cosas. Tres años y medio después de la masacre las dos mitades en que la sociedad española quedó dividida continúan teniendo cada una su propio universo: político, social, judicial y de comunicación. Por el procedimiento de hacer ver que es fraudulento todo lo que las instituciones como tales dictaminan en contra de sus posturas, el PP ha ido creando una especie de sensación de Estado paralelo que actúa cuando no le satisfacen las decisiones y conclusiones de la parte del Estado oficial que se manifiesta en cada momento.

Y estando así las cosas, los demás estamos en desventaja. Porque queremos atenernos a la legalidad y sólo alcanzamos a ver cómo ellos se la pasan por la entrepierna. Se necesita un gran pacto político promovido por el PSOE para desalojar del aparato de Estado a lo más granado de la derecha cavernícola que, evidentemente, no sólo no ha desaparecido en los últimos treinta años, sino que se ha hecho más fuerte y escandalosa después de atravesar un largo túnel del que la mayoría pensaba que no saldría nunca. Un pacto que implique garantías de una acción social y política de izquierda más coherente de lo que lo ha sido en esta legislatura, sin tantas sombras junto a las luces.

Un pacto que se establezca de tal manera que destierren sus miedos y prevenciones decenas de miles de personas atemorizadas por el auge ultraderechista; mosqueadas por la carestía de la vida y la dificultad para planificarla a medio plazo; hartas de ver cómo desaparece el país oculto tras una torre de apartamentos; asqueadas de comprobar cómo crece el patrioterismo barato y precursor de los más señalados fascismos… Un pacto que permita que toda esa gente destierre su escepticismo y sus miedos y vote a quien deba hacerlo a sabiendas de que su voto no se usará una vez más para avalar políticas dirigidas a satisfacer los intereses de una selecta camarilla que a nada le hace ascos y a la que todos parecen querer servir, en lugar de los intereses de la mayoría.

Entonces podrá haber una acción realmente eficaz contra esta ultraderecha que nos eructa su aliento cada vez que habla. Entonces sí podrá hacerse un completo y cuidadoso recuento de responsabilidades. De las del 11-M y de otras muchas cosas. Y hacer que paguen los responsables.

Estoy casi seguro de que entonces sí que descansarán las víctimas y sus familiares. Mientras tanto, tendrá que valerles con lo que hay.

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