Es un truco viejo como el que más: si hay problemas, toca el clarín y que suene a degüello si es posible. Cualquier aprendiz de gobernante aprende en la inencontrada Escuela Oficial de Gobierno algunas reglas simples para mantener su reino cohesionado y evitar los abscesos de mal humor de los gobernados. Uno de los primeros que se aprende es éste de agitar el muñeco de la guerra unos metros más allá de su cara, para que todos miren al muñeco y no a la cara del gobernante.
Probablemente alguien en Ferraz ha pensado que si no se conseguía llevar al PP a la senda de los buenos usos y maneras institucionales en el terreno del terrorismo o de la monarquía, seguramente no podrían aguantar la presión de sus propias filas si se les situaba ante la tesitura de aplaudir al Gobierno o pasar por unos traidores ante casos como éste. No está mal pensado, la verdad, pero la experiencia debería ser mejor consejera a la hora de decidir con qué fuegos jugar. La amenaza de Al-Qaeda no puede, por desgracia, tomarse a la ligera, y aunque la inclusión de España entre sus destinatarios esté probablemente motivada por las condenas del 11-M (algo que había que hacer, no importa a qué amenazas diera lugar), lo cierto es que la visita de Juan Carlos I a Ceuta no ayudará precisamente a suavizarla.
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